Romina Paredes
21 Sep
De las flores de Clarissa a las rosas de Laura

En el cuento La imitación de la rosa de Clarice Lispector, Laura se alista para salir a cenar con su esposo y un ramo de rosas la altera. La escena me recuerda el inicio de La señora Dalloway, por las flores y la mujer que cumple las expectativas sociales. En Woolf, esa acción le da a Clarissa Dalloway la posibilidad de desplazarse de lo doméstico a lo público. En Lispector, las rosas irrumpen en una normalidad recientemente lograda.

La historia empieza donde debería terminar porque «Laura ya está bien». No se dice qué pasó. Solo se menciona una «ansiedad». Me llama la atención que muchas reseñas sobre este cuento utilicen la palabra «locura», cuando en la historia (y la literatura en particular) se tienen diversos ejemplos de mujeres histerizadas por romper el orden y las expectativas sociales. Betty Friedan llamó «mística de la feminidad» a la fantasía cultural de que el sentido de la vida de una mujer se halla en el fuero doméstico y, cuando aparece la insatisfacción, se la interpreta como una falla personal. Por ello, la recomendación médica para curar el malestar de Laura es beber leche. La cura adopta un tono que infantiliza a la protagonista para contenerla, es decir, para que no cuestione las condiciones de dicha ansiedad.

A lo largo del cuento se insiste en los roles asignados a la protagonista en su capacidad de esposa, o sea, de ordenar el hogar, vestirse «como corresponde», ir a una cena y mantener una buena conducta. Es una lista que parece inocente. Sin embargo, lo inquietante es que el «estar bien» de Laura depende de la aprobación del médico y de su esposo.

Laura construye un hogar impersonal. Nada se sale del guion de una buena esposa. Ella misma se integra al decorado, con su vestido sobrio y su semblante tranquilo. En ese escenario controlado, las rosas resultan un exceso por «perfectas». Laura las mira y la belleza la perturba porque es una mujer a la que conminan a sobrevivir sin cuestionarse. Por tanto, todo aquello que esté «demasiado vivo» amenaza su nuevo bienestar. Lo que me impresionó fue el deseo que despierta esa belleza. La pretensión de existir de otra manera, sin tener que justificarse. Las rosas parecen recordarle a Laura una forma de plenitud que ella no se permite o que le han enseñado a ver como peligrosa. La protagonista intenta neutralizar ese exceso al regalarle el ramo a una amiga y así desplaza el peligro hacia otra casa. Pero el cuento muestra que el efecto ya se dio. Al irse las rosas queda un claro vacío, como si la belleza hubiese dejado un hueco, un espacio interior donde ya no es suficiente «portarse bien».

Cuando el esposo llega a la casa es como si ingresara un inspector de INDECI. Él la mira para verificar que la leche funcionó, que la casa está en orden y que ella es la de siempre. El médico regula el cuerpo y el esposo, el hogar. Y Laura, que ha hecho todo «bien», descubre que aun así no puede garantizar su propia estabilidad. «No pude impedirlo. Fue por las rosas», dice. Lispector me dejó una pregunta incómoda: ¿cuánto de estar bien es estar viva y cuánto es solo cumplir?

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