
Cho Nam-joo empieza con una anécdota y termina ensayando sobre la experiencia de ser mujer. Esa es, para mí, una de las grandes virtudes de Lo que sabe la señorita Kim. La autora narra situaciones en donde persisten estructuras que ordenan nuestras vidas, como la maternidad, el trabajo de cuidado no remunerado, la preferencia por los hijos varones, la explotación laboral y el edadismo. Desde allí, desarrolla una propuesta que dialoga con la sociología sin perder complejidad literaria.
A Cho Nam-joo, al igual que a Annie Ernaux, se le ha criticado una excesiva cercanía con dicha ciencia. Este reproche asocia el valor literario con ciertos modelos de complejidad formal que dictaminan la calidad. La teoría literaria feminista ha analizado esa jerarquización afirmando que los criterios con los que se legitima la literatura nunca son neutros, puesto que responden a tradiciones de lectura que han privilegiado ciertos temas y experiencias. La escritura de Cho Nam-joo se centra en la memoria colectiva de las mujeres y en lo que el canon solía considerar demasiado cotidiano o demasiado social.
Varios cuentos del libro —Para Hyeonnam, Y la niña creció, Noche de aurora boreal y Bajo el ciruelo— parten de testimonios y materiales factuales. Ese anclaje testimonial le permite a Cho Nam-joo registrar formas de violencia normalizada. Entre los temas más poderosos del libro está la representación de las mujeres mayores. En Bajo el ciruelo y, sobre todo, en Noche de aurora boreal, la vejez no libera a las protagonistas del mandato del cuidado. Siguen maternando, ahora a través de los nietos, como si el trabajo doméstico no remunerado fuese una disposición natural que nunca concluye.
Noche de aurora boreal es el cuento que resulta más interesante. Introduce el deseo de una mujer mayor de vivir para sí misma, algo que suele ser castigado incluso en el plano de la imaginación. Este conflicto conversa con el de Ausente, donde un padre decide vivir su jubilación lejos de la familia, después de haber fungido como proveedor durante años. El padre puede imaginar su retiro como una forma de distancia y de libertad. Para la mujer mayor en Noche de aurora boreal, en cambio, incluso el envejecimiento sigue estando colonizado por la demanda familiar. Para ella, imaginar la suspensión del cuidado es un anhelo íntimo y culposo.
Otro tema importante del libro es la economía afectiva dentro de la familia. Intransigencia condensa ese problema de manera dolorosa cuando la narradora dice: «Entre largos suspiros, mi madre comentó también para sí misma que le dolía cada vez que pensaba en su hijo. No pregunté qué sentía por mí». La cita evidencia la herida de ser desplazada y la internalización de una cultura que asigna un valor diferencial a hijos e hijas. Bajo el ciruelo ya había tocado este tema al señalar que el nombre del personaje significa «última hija», una denominación que parece una suerte de cábala para que el siguiente nacimiento, por fin, sea el de un varón. Esa lógica también es reconocible en Latinoamérica. El hijo es el portador del honor, mientras que la hija es la figura del sacrificio y de la disponibilidad emocional.
Finalmente, es imposible hablar de este libro y no mencionar que la calidad de la edición en español es paupérrima. Las erratas y las oraciones sin sentido entorpecen la lectura y dan una sensación de descuido. Es ofensivo, peor aún si se trata de una editorial transnacional y de una autora reconocida cuyo libro exige una inversión mínima en corrección de estilo y edición. Quizás la editorial decidió publicar sin el cuidado necesario porque confió en la visibilidad de la autora, en la tracción del momento o en la exotización de cierta literatura asiática para asegurar ventas. En una coyuntura donde proliferan campañas superficiales alrededor del 8M y etiquetas de «literatura escrita por mujeres», este descuido sugiere que se capitaliza el prestigio simbólico de las historias de mujeres, pero se les niega el rigor editorial básico.
A pesar de esto, la mirada y la voz de esta escritora seulesa se imponen. Al igual que para Annie Ernaux, el lenguaje plano es una decisión política. Cho Nam-joo se enfoca en la experiencia de las mujeres para registrar con precisión aquello que el canon suele trivializar, como el trabajo de cuidado no remunerado, la asimetría afectiva entre hijos e hijas, la explotación laboral y la expropiación del tiempo de las mujeres. En ese desinterés por demostrar destreza en el uso del lenguaje superestándar reside buena parte de su radicalidad literaria.