
Solía hacer voluntariado en las orillas de un cerro. Las casuchas parecían querer escalar la roca. Desde la distancia eran como mazorcas de tierra con granos mal hechos. Desalineados, improvisados, incompletos.
En las faldas, murallas de basura como jardines malolientes. Restos fecales, a modo de flores secas, asomaban por los bordes de los senderos hacia la cúspide. Perros famélicos, con la piel mutada, deambulaban paranoicos. Un camión cisterna se alejaba, dejando gotones de agua sobre la tierra. La polvareda parecía caer encima y cubrirlos como escarcha. Los niños corrían detrás. Allí estaba yo, exponiéndome a la gente, con la intención escondida de superar mis orejas rojas.
—Solo las mujeres se ponen rojas —decía mi padre.
Los domingos, Luna iba conmigo y con algunos estudiantes a un centro de salud. Los espacios reducidos de los consultorios se ocupaban hasta el tope con diez o doce estudiantes. Las voces se montaban, me hincaban. Me preguntó si estaba bien apenas notó que mis ojos se desviaban más de la cuenta.
El que entrevistaba cursaba Pediatría. Frente a él, una mamá y su hijo. Un chico de once años con el peso y el tamaño de uno de ocho. Tenía, en las comisuras de la boca, fisuras. Una gorrita cubría su cabeza.
Luna, sin acercarse, lo examinaba. El estudiante terminó de escuchar el relato de la señora. Luego se inclinó hacia el niño.
—¿Cómo te llamas?
—Julio.
—Bueno, Julito… ¿puedes quitarte la gorra?
El niño dudó.
—Este muchacho del diablo —murmuró ella.
Al terminar la frase se la arranchó. Debajo apareció una masa monstruosa, una geografía supurante que abarcaba casi toda la mitad del cráneo. Era como si respirara de forma independiente. Y, sobre la masa, una capa de kerosene.
El estudiante tragó saliva. Miró al niño, a la madre y a la masa que latía. Se acomodó las gafas. Por un instante sentí que aquella carnosidad se asomaba. Me miraba. Tenía ojos. Cerraba y abría los párpados. Sabía de todos.
—Tú, fíjate si está el doctor Abelito por ahí —me dijo.
Era un profesor de Medicina que había sido voluntario de la posta desde sus épocas de estudiante. Salí al patio. Justo Abelito bajaba de su Toyota de hace treinta años.
—Ajá… sí. Esto es un kerion Celsi. Un hongazo nomás. Ta bravo —dijo el doctor Abelito ni bien entró.
Luna había empezado a tomar fotos. Al instante tuve una visión en la humedad de aquella excrecencia, como si me mostrara ciertas escenas de vida.
Julio no miraba cuando le hablaban. La mitad del tiempo su mente decidía atender algo más sin avisarle. Seguía con los ojos un reflejo en la pared. Se perdía en el polvo que se levantaba del suelo cuando el viento soplaba fuerte y entraba por debajo de su puerta.
Le pedían que trajera el martillo cuando se desprendía un trozo de la pared y, en el camino, se detenía a mirar un hormiguero debajo de la mesa. Le decían: «Recoge tus cuadernos», y él, sin darse cuenta, se quedaba a medio hacer, como si una puerta interna se abriera y se fuera detrás del recuerdo de una risa que le había visto a alguien en la calle. Eso irritaba a todos. Al padrastro, sobre todo. Un hombre que llegaba cansado del mercado. Un estibador que no toleraba distracciones.
—Te he dicho que te apures, mierdita. ¿Por qué no entiendes? —Le dio un manazo en la cabeza y una patada en el fundillo—. Sonsonazo —dijo, y le metió una cachetada.
Las frases siempre eran las mismas. Los golpes también. La madre no objetaba. Lavaba ropa de madrugada. Cocinaba lo que alcanzaba. Salía temprano. Volvía tarde. Era de pocas palabras. A veces explotaba y terminaba en llanto.
—¡Julio, Julio!… Haz caso, pues. ¡Siempre igual! No escuchas, muchacho del diablo —solía gritar y, después, el jalón de pelo.
Julio no sabía cómo explicar que no podía ordenar las cosas dentro de su cabeza. Lo único que lo calmaba era el perro, uno callejero que llegó a vivir al lado de su puerta. Era casi pelón, lleno de costras en las orejas y en el lomo. Él lo abrazaba. Le contaba cosas. El perro lo escuchaba. Nunca lo apuraba. Nunca le reclamaba.
Con el tiempo, Julio se curó, pero el cabello nunca le volvió a crecer en esa parte. Se rapaba. Él mismo aprendió a afeitarse la cabeza con una hoja, a la que antes le sacaba filo en un vaso de vidrio.
Solían arrancharle la gorra en el barrio y le tiraban lapos en la cabeza. En el colegio no permitían gorras, así que allí no tenían que quitársela para seguir encajándoselos mientras le decían «cabeza de pinga», «pelao de mierda» o solo «pelao». Julio prefirió estar en las cumbres de los cerros.
Vi una imagen. Alguien le ofrecía una pitada. Pareció sentir que lo abrazaban. Descubrió que era veloz corriendo. Robaba celulares. Entró a una pandilla. Todos usaban gorras. Nunca se las quitaban. Cada vez necesitaba fumar más.
Y más adelante, mucho más, vi una noche sin luces. Un callejón. Otro chico drogado. Una pelea. Una puñalada que se hundió hasta atascarse entre sus costillas. La masa daba la impresión de hundirse, de esconder sus ojos.
Pasaron los años. Seguí yendo a la posta. Un día, cuando era hora de irnos, salimos hasta la avenida. A Luna le arrancharon el celular. Sin dudarlo, salí disparado detrás del ladrón. Lo trabé por detrás con una pierna. El celular se rajó. Lo recogí. Giró hacia mí. Era Julio. Tenía la misma mirada que había visto en aquellas revelaciones, cuando fuera más grande y acabaran con él.
No le dije nada.
Un bus llegaba. Alcancé a Luna y a los demás.
Me percaté de que mis orejas, que habían permanecido rojas todo ese tiempo, ahora estaban frías. Me recordé corriendo, arrojado contra el viento, sintiendo unas gigantes manos heladas acariciándome la cara.
Nota editorial: Orejas de Omar Apolaya Rodríguez fue el cuento ganador del Concurso Nacional Cortocircuito I.